Los Cuatro Grandes

     A la casa de Hercule Poirot en Londres llega exhausto y cubierto de polvo un hombre con un papel en la mano en el que está garabateado el número cuatro. Cuando recupera la consciencia, pronuncia un mensaje sobre la identidad de cuatro mafiosos muy poderosos que intentan dominar el mundo. Poco después el hombre muere en extrañas circunstancias y el enfermero de un manicomio va a buscarlo, informando de que se trata de un enfermo escapado del centro. 
     Pero no: la policía enseguida lo reconoce como un agente de los servicios secretos británicos y confirma su asesinato.
     Poirot, junto con su amigo Hastings, desde ese momento tendrá que enfrentarse al caso más difícil  y peligroso de sus vidas y luchar contra una red mundial de asesinos de aguda inteligencia y gran poder. 

     Al leer este libro sobre archivillanos, complots mundiales y amenazas globales, vienen a la cabeza infinidad de películas de agentes secretos y espías, que utilizan los mismos recursos que ya usó la gran A. Christie a principios del siglo XX. Aunque Poirot no tenga el glamour y o los biceps de un James Bond o un Bourne.
     Como decía el gran guionista de Hollywood, W. Goldman: "Si tienes que copiar, y nada sale de la nada, copia a los maestros".
     Quizá la acción en algunos casos sea más lenta de la que estamos acostumbrados en los libros y películas de acción actuales.

Autora: Agatha Christie
Título original en inglés: The Big Four
Editorial: Random House Mondadori, 2003
Número de páginas: 193
Valoración: Muy bueno

     "La puerta se abrió poco a poco. En el umbral apareció un hombre. Iba cubierto de barro de los pies a la cabeza; su cara era delgada y de aspecto exhausto. Nos miró fijamente durante un momento y luego se tambaleó y cayó cuan largo era. 
     Poirot corrió a su lado y al instante, me dijo:
     -Coñac... ¡rápido!
     Vertí un poco de licor en un vaso y se lo llevé. Mi amigo consiguió que el hombre bebiera un trago y, después entre los dos le trasladamos al sofá. Al cabo de unos minutos, abrió los ojos y miró a su alrededor con expresión aturdida.
     -¿Qué quiere usted, monsieur? -le preguntó Poirot.
     El hombre abrió los labios y dijo como un autómata: "

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